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El tiempo. Ese espacio entre la siembra y la cosecha, entre la promesa y el cumplimiento. Vivir en un mundo donde estamos ampliamente acostumbrados a la gratificación instantánea, el concepto de tener que esperar, puede ser frustrante. Sin embargo, si entendemos el propósito y potencial de esos tiempos, podemos aprender a cooperar con Dios, y disfrutar del viaje.

Muchos viven con un sentido de destino y promesa, pero luchan para ver cómo puede cumplirse, a la luz de sus circunstancias presentes. Eso puede ser una situación frustrante, especialmente cuando ven cómo Dios está ya moviéndose en las vidas de otros. Esto invita a todo tipo de preguntas: ¿Por qué yo no? Sé que Dios me ha llamado a cosas  más grandes, así que, ¿por qué me siento atascado dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo mal? ¿Cuándo Dios cumplirá las promesas que me dio?

Esta es una muy común experiencia, y puede ser desorientador, si no entendemos lo que Dios está haciendo, o sabemos cómo responder a ello. Algunas personas lo llaman “desierto” y por una buena razón. Como José en Egipto, los israelitas en su camino a la Tierra Prometida, David en el exilio, y muchas otras figuras en la Escrituras, estamos en medio de un proceso entre el llamado y el cumplimiento. A través de sus experiencias, somos capaces de tener esperanza en la verdad que Dios también traerá, a través de cualquier situación en la que nos podamos encontrar.

Jesús pasó años esperando por el tiempo de Dios en Su vida, también. Él no comenzó Su ministerio, hasta que tenía unos treinta años (Lucas 3:23), lo que significa que hubo largos años de espera. Él tenía una visión. Y tenía las promesas de Dios, pero todavía no estaba caminando en la plenitud de lo que Dios lo había llamado a hacer. También tuvo una real experiencia en el desierto, en la cual, venció la tentación, y fue capaz de solidificar la realidad que Dios le había dicho, y pudo confiarle.

En el desierto, tenemos la misma oportunidad de tener nuestra confianza en las palabras de Dios, probadas y solidificadas, hasta que se conviertan en hierro en nuestra alma. (Lee Salmo 105:18-19.)

El enemigo, fue a Jesús en el desierto, con toda clase de tentaciones y distracciones, haciendo todo lo que pudo para alejarlo de Su propósito, distorsionar Su pensamiento, o cuestionar Su identidad. Pero cuando Jesús salió del desierto, comenzó a ministrar con poder, al mundo que nunca había visto antes.

Una gran cantidad de líderes y maestros cristianos, están haciendo un gran trabajo, equipando al pueblo de Dios para su llamado, mostrando el camino para caminar en el poder de Dios, y echando la visión. No muchos hablan del proceso entre la promesa y el cumplimiento, o el llamado y el destino, así que el desierto, puede convertirse en una sorpresa para aquellos que no están preparados.

Creo que hay una gran necesidad en nuestro tiempo, de entender el proceso de Dios, el bautismo de fuego, y el gozo y poder de la entrega. Mi camino personal, incluyó años de frustración, preguntándome qué estaba Dios haciendo, pero aprendí a apoyarme en Él, en esos momentos, y salí con una relación que no puede ser removida. Cuando enseño sobre esto, parece tener eco en muchas personas. Algunos remarcan lo raro que es escuchar de los oradores, acerca de sus años de preparación, y sus historias tras escena, de los tratos por los que Dios los ha hecho atravesar. Muchos son alentados a conocer el proceso del desierto hacia los prodigios.

Creo que puedes abrazar tu caminar con una esperanza y perspectiva, frescas, y que no solo sobrevivirás las temporadas entre la promesa y el cumplimiento, sino que te desarrollarás en ellas. De hecho, con la correcta clase de respuesta, tu tiempo en el desierto puede convertirse en un tiempo de crecimiento acelerado y fructificación.

Espero que eso te anime. Los tiempos en el desierto, son una gran oportunidad para apoyarte en tu Amado, y aprender las profundidades de Su Espíritu. Puedes aprender a anclarte en Aquel que te da gozo duradero. Aprendes a llevar la paz de Dios en cada situación, pues el Príncipe de Paz, está dentro de ti. Aprendes a no dejar que el desierto o el enemigo, formen tu identidad, pues la encuentras enteramente en Él.

En el desierto, aprendemos a soñar los sueños de Dios. Descubrimos a Dios como nuestra fuente en toda situación. Aprendemos a cómo responder a la tentación, injusticia y dolor. No solo soportamos los obstáculos y las tormentas, nos hacemos victoriosos en ellas, y nos elevamos por encima. En el desierto, aprendemos a reconocer la invitación divina, y a pelear la batalla con las promesas que Dios nos ha dado. Independientemente de lo que estemos atravesando, en el desierto, aprendemos a encontrar nuestro deleite solamente en Dios.

Dios quiere ser la gloria y el filtro de tu cabeza en cada situación (Sal. 3:3). No importa cuán difíciles parece ser tus circunstancias, Él quiere que mires hacia arriba, y veas Su glorioso rostro. Él quiere decirte cuán amado, libre, limpio y redimido eres. Dios que sepas que eres el deleite amado a Sus ojos, y que te ha creado para brillar.

El desierto no puede evitar que brilles. Jesús brilló en Su tiempo de desierto, y tú también puedes hacerlo. La experiencia en el desierto de Jesús, se convirtió en una de Sus más grandes victorias. Ese puede ser tu testimonio, también. Estás destinado a brillar así como Él lo hace, y a caminar en Su poder, haciendo incluso mayores obras que las que Él hizo. Incluso si te encuentras en medio de un desierto, puedes comenzar ahora mismo.

Vía: Charisma Magazine

Acerca de Toto Salcedo

Conductor del Programa "La Verdad" difundido por Xto TV de lunes a viernes a Hrs. 20:00 La Paz, Bolivia.

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