Jesus Silueta

Por Anne Graham Lotz 

Cuando nos enfrentemos a la horrible verdad acerca de nuestro pecado, veremos con nuevos ojos al Salvador que se agachó para levantarnos.

En mis viajes, ha habido muchas veces en las que no era consciente de la persona notable que estaba cerca de mí. Si no fuera por mi observador compañero de viaje, gente tan reconocida como Paul McCartney, Dick Morris, Richard Thomas, Prince, David Gergen, Coke Roberts, Charlie Gibson y muchos otros habrían pasado desapercibidos.

Sin embargo, generalmente suelo recibir un pequeño empujón y un susurro, “Anne, no mires ahora pero, tal persona está justo allí.” Y cuando miro “Justo allí,” yo veo una persona común y corriente. Sin ostentación o glamour, sin luces de neón y fantasía – solo otro viajero cansado, luchando con el equipaje, tratando de ponerse cómodo en un asiento que es demasiado pequeño.

De alguna manera, ver a una celebridad famosa en un entorno ordinario es simplemente, no tan emocionante. Me pregunto… ¿sería posible ver a Jesús y no saberlo? Así, tan locamente inverosímil puede parecer – es posible. Como María Magdalena en el jardín, en la tumba, en la mañana de Pascua, tú y yo podemos verlo y aún no reconocerlo.

A veces, necesitamos ayuda. Necesitamos que alguien nos susurre y nos diga, “Mira, Él está aquí. Justo ahí.” Y entonces, cuando lo vemos, la experiencia puede no ser lo que esperábamos.

Un Cambio De Enfoque.

Una razón por la que he sabido, a veces, que estaba viendo a Jesús fue que el momento no era el que pensaba que sería. Pensaba que verle me enviaría a una especie de órbita espiritual. Pensaba que resultaría en una experiencia gloriosa, estimulante, fuera de mi cuerpo. Sin embargo, en segundos, la emoción de un encuentro fresco con Jesús, se transformaba desde lo más gozoso a las profundidades de la depresión.

La depresión, entonces, parecía poner en duda la validez del encuentro. ¿Cómo podría encontrarme con Jesús y luego sentirme miserable y desamparada? El testimonio del profeta Isaías, registrado en Isaías 6, me enseñó que tener un encuentro con Jesús no es necesariamente una ocasión de éxtasis. En el año antes que Isaías viera al Señor, predicó apasionadamente un mensaje a la gente en su cambiante mundo, exhortándoles a arrepentirse, diciendo: “Ay de ustedes… ay de ustedes… ay de ustedes” (Lee Isaías 5:1-30)

Isaías estaba predicando desde su corazón y apuntando al pecado que veía en su decadente cultura. Estaba predicando la verdad de Dios. A menudo, cuando veo las noticias o leo el periódico, también tengo un deseo tremendo de apuntar y decir, “Ay de ustedes, ay de ustedes, ay de ustedes” ¡Mi enfoque es enteramente sobre su pecado!

Antes de ver al Señor, Isaías estaba totalmente enfocado en su pecado, también. Pero al momento de ver al Señor, sus ojos fueron abiertos – no solo a la fresca visión del Señor – sino también a una fresca visión de sí mismo.

Entonces, Isaías se lamentó, “¡Ay de mí!” (Lee Isaías 6:1-5) Él no estaba en éxtasis. No fue transportado al nivel de gloria. No fue llevado a un nivel de exaltación espiritual. Estaba siendo sumido en un estado de indefensión y depresión espiritual.

Cuando Isaías vio al Señor, se sintió sucio, pecador, miserable, culpable, indigno y avergonzado. Inundado por la luz de santidad y pureza que emana del Señor, no tuvo donde esconderse ni a nadie a quien culpar. Fue entonces que Isaías supe que él no era una víctima; era un pecador.

La Cruda Verdad.

Piensa en tu vida. ¿Cuándo has sentido el peso agudo y la carga inquebrantable de tu pecado? ¿Cuándo te has sentido tan espiritualmente pobre, ciego, desnudo y totalmente indefenso, que has incluso desesperado?

¿Podría ser, querido, que ese fue tu encuentro con el Hijo de Dios, sin mancha y sin pecado? ¿Podría ser que – debido a que tu pecado se vuelve dolorosamente más evidente a la luz abrasadora de Su santidad – mientras más cerca de Él estás, más cerca del infierno realmente te sientas?

Isaías no cerró sus ojos o sus oídos, o se quejó acerca de algo que alguien más hizo o no hizo. No huyó de la cegadora luz. Isaías, con el alma desnuda, en brutal honestidad, sollozó: “¡Soy muerto!” Este no era un show superficial e hipócrita de espiritualidad. Era el clamor de un hombre cuyo corazón se había roto en dos.

Este tipo de profundo hundimiento espiritual es casi ajeno a nuestra mente moderna. Gran parte de nuestro enfoque parece estar en la construcción de nuestro auto estima y pensamiento positivo. Estamos asqueados incluso con la idea de estar totalmente desamparados en nuestra condición pecaminosa.

No queremos reconocer que estamos espiritualmente sin esperanza, sin una remota posibilidad de agradar a Dios. Nuestra condición nos hace inaceptables por siempre en Su presencia, y no bienvenidos en Su hogar celestial.

¿Cómo ese que, como Isaías, podemos estar tan ofendidos y preocupados con el pecado de otros, mientras estamos completamente ajenos al pecado en nuestra propia vida? Me pregunto si esta es una razón por la que el mundo parece mirar a la iglesia como un refugio para hipócritas. Mientras los inconversos pueden estar un poco conscientes de sus propios pecados – aquellos por los que los condenamos – también ven nuestros pecados, los cuales ignoramos.

Con un rostro que debe haber sido quemado por la vergüenza, Isaías estalló en una confesión de asombro, “¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios *impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!” (Isaías 6:5, NVI)

En otras palabras, “¡No soy mejor que el pueblo a quien he estado señalando con el dedo!” Eso no solo era una humilde admisión; era una confesión humillante.

Al estudiar los primeros cinco capítulos del libro de Isaías, sus pecados eran fácilmente evidentes para mí. Si él fijó sus estándares mirando alrededor, a los demás, entonces, en comparación, él podría haberse sentido muy confiado. Pero cuando su vida fue medida por los estándares de la santidad perfecta, ¡la revelación del pegado fue devastadora!

Una y otra vez, mientras me levanto a proclamar públicamente la Palabra de Dios, en mi espíritu, estoy con mi rostro delante de Dios, en terrible temor. Soy muy consciente que soy pecadora – nada mejor que aquellos que me miran con miradas atentas. Pero cuando comencé mi ministerio, carecía de la consciencia sensible al Espíritu, de mi propia pecaminosidad.

Recuerdo ser tan espiritualmente superficial que, cuando un orador desafiaba a aquellos en la audiencia, incluyéndome, a pasar algunos momentos confesando el pecado, ¡yo no podía pensar en ningún pecado en mi vida para confesar!  Pero entonces llegué a Santiago 2:10, que emite esta acusación: “Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos.” ¿De todos? ¡De todos!

Pensé en todos los momentos de todos los días, de todas las semanas de todos los meses de todos los años en mi vida, cuando había quebrantado el más grande mandamiento – aquel que me decía que ame al Señor, mi Dios, con todo mi corazón, alma, mente y fortaleza. Como yo era fácilmente culpable de este pecado, era culpable de todo pecado. En mi vida, solo un momento de no amar a Dios con todo mi corazón, es suficiente para recibir el veredicto de que soy una pecadora.

Mientras medito sobre lo que es el pecado – pidiendo a Dios que me ojos para verme a  mí misma a la luz de quién es Él – el pecado en mi vida se hace una pesadilla de culpabilidad, que oprime mi corazón, dejándome totalmente abandonada y desesperanzada.

¿Cómo puedo instruir a otros cuando soy responsable – y muerta – por el pecado? La agitación en mi corazón y mente, provocada por las repetidas caídas, arrancó de mis labios un eco de la explosión de Isaías, “¡Ay de mí!” El dolor es insoportable. El dolor lo consume todo.

Cuando mi corazón se rinde y reconozco lo que he hecho, puedo fácilmente caer en el auto compasión y absoluta desesperación. Pero, ¡alabado sea Dios! La misma cosa que Dios usó para salvar a Isaías, usó para salvarme – y puede usar para salvarte de la miseria emocional, espiritual y eterna.

Del Dolor A La Pureza.

Justo cuando Isaías estaba cayendo en la noche oscura de la desesperación… justo cuando seguramente pensó que se desplomaba en el pozo del abandono al que nadie nunca podía llegar… las cosas se pusieron aún peor: “En ese momento voló hacia mí uno de los serafines. Traía en la mano una brasa que, con unas tenazas, había tomado del altar. Con ella me tocó los labios…” (Isaías 6:6-7)

Mientras la brasa presionaba los labios de Isaías, el dolor punzante ha debido ser una agonía. Pero las quemaduras dolorosas conducirían al gozo del pecado perdonado. Porque así como sus labios fueron quemados, las palabras del ángel deben haberse sentido como un bálsamo de alivio al alma torturada de Isaías: “Mira, esto ha tocado tus labios; tu maldad ha sido borrada, y tu pecado, perdonado.” (Isaías 6:7)

Desde ese momento, la vida de Isaías nunca fue la misma. ¡Hay esperanza para los pecadores como Isaías! ¡Para mí! ¡Y para ti! La esperanza se encuentra, no en un carbón encendido de fuego, sino en lo que representa – la sangre de Jesús, derramada en el altar de la cruz, y aplicada a cada área de nuestras vidas – mente, espíritu, alma y cuerpo.

Mi propia convicción y la confesión de pecado, me han dejado sintiéndome desesperada por ser limpia. He anhelado escuchar las mismas palabras de consuelo que Isaías escuchó. Y las tengo: “Anne, la sangre de Jesús, Mi Hijo, te purifica de cada pecado – pasado, presente e incluso futuro. Porque me has confesado tu pecado, yo seré fiel y justo para perdonarte y purificarte de toda injusticia. Aunque tus pecados sean como la grana, quedarán blancos como la nieve. Así como está el este del oeste, así alejaré tus transgresiones.” Gracias Dios por la sangre de Jesús que no ha perdido su poder para limpiar nuestros pecados. ¡Todos ellos!

Al Isaías postrarse a la luz centelleante de los ardientes carbones, habiéndose arrepentido de su pecado, su corazón comenzó a latir en sincronía con ese divino ritmo. Su ser entero también debe haber sido totalmente cautivado por el deseo de servir a Aquel cuya gracia y misericordia habían sido extendidas hacia él. Y en ese momento, Isaías supo que su vida nunca sería la misma. Una genuina experiencia de avivamiento personal que resulta de un encuentro fresco con Jesús, nunca es algo pasajero. No es algo simplemente educacional – o inspiracional – o motivacional – o emocional. Es un cambio de vida.

Es realmente un despertar en nuestra relación personal con Dios, de modo que ahora nuestras vidas giran enteramente en torno a nuestro apasionado amor por Jesús. Sabrás que tu corazón ha sido inflamado por el fuego del avivamiento, cuando nada más importe tanto como tu amor por Él.


Anne Graham Lotz es la segunda hija de Billy y Ruth Graham, fundadora de Angel Ministries, y autora de varios libros.

Acerca de Toto Salcedo

Conductor del Programa "La Verdad" difundido por Xto TV de lunes a viernes a Hrs. 20:00 La Paz, Bolivia.

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