Mujer en Balanza

Lisa Bevere

Refrena esas obsesiones. No dejes que el comer consuma tus pensamientos y controle tu vida.

Yo he experimentado ambos extremos del espectro: He estado demasiado delgada, y he tenido sobrepeso, así que puede identificarme profundamente con la frustración y el dolor de quienes sufren trastornos de alimentación.

Durante un período de seis años de mi vida, el peso dominaba mis pensamientos. Mi lucha comenzó años antes de convertirme al cristianismo, sin embargo, continuó después de casarme.

Escuché el evangelio por primera vez durante unas vacaciones de verano cuando era una estudiante universitaria. Llegar a ser cristiana llenó un vacío en mí que había trata de satisfacer con tantas otras cosas.

Me di cuenta que Dios me amaba tal como era. Dejé mis ejercicios excesivos, las dietas, bebidas, y comencé a verme saludable otra vez.

Sin embargo, tuve un nuevo problema. En las mesas cristianas nadie hablaba acerca de las calorías o los vicios en la comida. La comida era una celebración. Yo celebraba con ellos, y al poco tiempo había sobrepasado el peso que previamente había perdido.

Durante ese tiempo, conocí a John, quien se convertiría en mi esposo. Nos comprometimos al terminar el año de universidad y regresé a mi hogar en Indiana para preparar la boda.

Tenía un poco de sobrepeso entonces, pero para agosto estaba totalmente fuera de forma, con solo dos meses antes de mi boda.

Mi casa se llenó de caos, y respondí a eso comiendo. Comía compulsivamente o me mataba de hambre, y me desalentaba más y más, entonces comía aún más. Cada dieta fracasaba, y me sentía gorda y fea.

Día De Reconocimiento.

A solo cuatro semanas de mi boda, necesitaba usar una combinación para mi vestido de novia talla 9. Había llevado mi vestido a la tienda conmigo para ver como podíamos determinar el estilo apropiado y tamaño.

Mi vestido de novia era abotonado casi en tu totalidad por la parte posterior. Me lo puse y empujamos de ambos lados juntas con la vendedora para que pudiera abotonarme.

“Preciosa, algo está mal,” dijo ella mientras movía su cabeza.

“¿Qué quieres decir?” pregunté.

“Este no puede ser tu vestido. ¡No hay manera en que entres en este vestido! ¡Los botones estás muy lejos!” Ella me mostró la distancia de 7 a 10 cm con sus dedos.

 Estaba segura que era una equivocación, “Aquí, puede que esté un poco estrecho, pero lo voy a empujar.” Metí mi estómago y pellizqué mi cintura con las manos.

Cariño, tiene que haber un terrible error; este no puede ser tu vestido. No puedo cerrarlo; los botones volarán si trato.”

“Solo consígueme una combinación, y trataré de usarlo sin abotonar el vestido,” resoplé.

“Está bien.” Salió, sacudiendo la cabeza dubitativamente.

Me voltee para ver la parte de atrás de mi vestido. Para mi horror, ella tenía razón. Era imposible incluso unir las partes y muchos menos abotonarlas.

Hice mi pedido para la camiseta, recogí el vestido y corrí a casa. Mis padres habían gastado mucho dinero en este vestido. Ahora me preguntaba si alguna vez lo usaría.

La Verdad.

Cuando llegué a casa, subí corriendo a mi dormitorio. Después de colgar mi vestido en el armario, tomé mi Biblia, me tiré al piso sobre la fría madera y lloré.

“Dios, ¿cómo pudiste permitir que esto pasara? No como todo el día, y aun así no puedo perder ni una libra. Si solo como una manzana y un yogurt, subo una libra. Me atasco de comida ¡y gano dos libras de la noche a la mañana! Estoy cansada de tratar y fracasar. ¿Por qué no puedo comer como una persona normal?”

Cuando el llanto se fue, un quieto silencio se apoderó de mí. Entonces escuché una suave y apacible voz: “Lisa, tu peso es un ídolo para ti.”

¡Un ídolo! Todo lo que podía imaginar era la imagen de un becerro de oro que había visto en la Biblia de niños. Permanecí quieta y escuchando.

“Cuando estás sola, comes. Cuando estás enojada, comes. Cuando estás aburrida, comes. Cuando estás deprimida, comes. Cuando estás feliz, comes.”

La voz continuó: “Tu no vienes a Mí. No lees mi Palabra. Comes porque es más fácil.”

La quieta y apacible voz dijo: “Te sientes bien contigo misma cuando estás delgada y mal cuando no lo estás. No estás siendo guiada por el Espíritu; tu peso controla tu humor y tu vida. Es un ídolo para ti.”

Todo era cierto. El peso dominaba mis pensamientos y atormentaba mi descanso. Las lágrimas fluyeron de nuevo, pero esta vez eran lágrimas de arrepentimiento. Vi cómo había buscado fuerzas en mi peso y no en Dios. Me medí a mi misma a través de la balanza. Yo era digna de amor si era delgada, pero no lo era si estaba gorda.

Una vez más la voz habló: “Si te arrepientes, yo sanaré tu metabolismo. No hagas dietas, y no te peses. Apártate a ayunar y orar por tres días con jugos y agua, y yo libraré tu cuerpo de los antojos. Voy a enseñarte a comer de nuevo. Anota el peso que deberías tener, y ponlo en tu Biblia.”

No tenía idea de cuál debería ser mi peso. Me quedé quieta y escuché una vez más. Una figura flotaba en mi cabeza; escribí ese número y lo escondí en mi Biblia.

Me levanté, tomé la balanza y la puse en el acceso al ático en mi armario. Dios me había dicho que no me pesara más. Tendría que trepar hasta allí para sacarla, sabiendo que deliberadamente iba a desobedecer a Dios.

Al día siguiente comenzaría una nueva manera de vivir para mí. No estaba ayunando para perder peso; estaba ayunando para tener comunión con Dios. Sentí Su presencia, y sentí que él estaba complacido conmigo por arrepentirme y escoger ayunar y acercarme más a Él.

DIOS Sostiene.

Durante los siguientes tres días, bebí zumo de manaza y fresa, concentrado o diluido, junto con agua purificada. Dios me sostuvo. Me fui por largas caminatas hablando con Él. Luego terminó el ayuno y entonces tuve era hora de aprender un nuevo estilo de vida para mí. Comería hasta estar satisfecha – no hasta atascarme de comida.

A la hora de comer, agradecía a Dios que la comida no era mi enemiga. Traería fuerza a mi cuerpo, y a cambio, yo adoraría a Dios. Los pensamientos de temor tratarían de atacarme. La glotonería trataría de atraerme. Pero me negué a seguir siendo dominada por mis pasiones. Interiormente escucharía y sabría cuando estaba satisfecha. Entonces no comería ni un bocado más.

Estaba tan emocionada de cómo Dios estaba desarrollando esta sensibilidad en mí; nunca quería desobedecerle. Incluso cuando mi familia y amigos me alentaban a comer más, yo decía simplemente, “No, gracias; ¡estoy satisfecha!”

Tres semanas habían pasado, y mi boda estaba a pocos días. No tenía idea de cuánto estaba pesando, ni me interesaba. Pero necesitaba saber si mi vestido me quedaba, así que me lo probé.

No solo me quedaba – ¡estaba algo flojo! ¡Podría usar mi vestido!

Mi boda fue maravillosa, y cuando regresé a casa a cambiarme, Dios me detuvo. Él dijo, “Ahora puedes pesarte.”

Tome la balanza y me paré sobre ella. La aguja tambaleaba entre 52 y 54 kg. Me bajé de la balanza y busqué a través de la Biblia hasta encontrar el pedazo de papel con el número garabateado.

Desdoblé el papel. ¡52 kg! Me volví a subir a la balanza con incredulidad; ¡Era mi peso exacto!

Dios había sido fiel en mantener mi peso independientemente de mi dieta o ejercicio. Yo había confiado en Él para cuidar mi peso, siempre y cuando mantenga los alimentos en el lugar correcto.

Reordenar el desorden de tu peso y derribar el ídolo de la comida no se trata de perder peso – se trata de dónde pones tu confianza. Tuve que humillarme con el ayuno, y Dios me sanó.

Vía: Charisma Magazine

Acerca de Toto Salcedo

Conductor del Programa "La Verdad" difundido por Xto TV de lunes a viernes a Hrs. 20:00 La Paz, Bolivia.

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