Niño - Boca - Palabras - Letras

George Douglas Watson

Hay una cualidad indescriptible acerca de las palabras, incluso cuando son impresas, pero más cuando son habladas. Las palabras son carros en los cuales la cualidad del corazón y la mente viajan hacia otras almas.

El corazón dominante es la cualidad de una persona que poseerá y acompañará sus palabras con absoluta precisión. Si el espíritu de un hombre es superficial, estrecho, oportunista, egoísta, o trivial, estas cualidades se impregnarán en sus palabras, a pesar de toda la seriedad y santidad que él podría tratar de poner en ellas.

Si por el contrario, su corazón es grande y lleno del tierno y gran amor de Jesús, y de compasión por los demás, entonces las expresiones más simples que pueden parecer comunes, serán cargadas con estas cualidades. Todas las palabras están cargadas con la cualidad del alma de la cual proceden.

Es eternamente imposible para Dios pronunciar una palabra que no esté cargada con la divinidad; es igualmente imposible para el diablo pronunciar una palabra que no contenga de alguna manera, una mentira.

Las palabras son como los ojos. Algunos son curiosos; otros suplicantes; otros valientes; otros están buscando; otros son suaves y tiernos; y aun otros son bajos y malvados. Hay un corriente invisible del alma – cualidad que fluye de los ojos de las personas, y no hay manera en la que el mundo cambie la cualidad de esa corriente excepto a través de cambiar la vista, y la única manera de cambiarla es cambiando el espíritu inmortal que mira a través de los ojos.

Así también es con las palabras. Nuestras palabras son los ojos del corazón, en el que otros ven la cualidad de nuestras mentes.

El apóstol Pablo habla de nuestras palabras, que son sazonadas con sal (lee Colosenses 4:6), y Jesús nos dice que debemos “Tener sal en nosotros mismos” (Marcos 9:50, RV60). La sal es un símbolo de que Cristo mora en nosotros; y es cuando se sala hasta la médula con el bendito Espíritu Santo que nuestras palabras son sazonadas con la verdadera vida de Cristo.

Nuestras palabras no pueden ser cargadas con el Espíritu Santo después de salir de nuestros labios. Si Dios está en ella, deben proceder de un elemento de Espíritu Santo en nosotros. Las gotas de sangre o lágrimas que puedas derramar contienen sal; pero la sal está en el estómago y el corazón antes de estar en esa sangre o lágrima.

De la misma manera, si nuestra palabras tiene sabor a vida y poder en ellas, deben tener la calidad de las profundidades internas de nuestros espíritus antes de brotar de nuestros labios. Jesús enseña que nuestras palabras revelan nuestro carácter y corazón y dice: “Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.” (Mateo 12:37).

Hay muchas características que pueden ser atribuidas a “cargar” las palabras:

1. Las Palabras habladas o escritas por el Espíritu Santo serán cargadas de luz. Habrá transparencia y simplicidad directa en ellas como la del cristal. No se hablarán con ostentación, o por pose, o para engañar, o con doble sentido. Las palabras pronunciadas con tales propósitos son opacas en lugar de transparentes.

Más de un sermón es predicado así, y más de un libro religioso es así escrito, que en lugar de revelar la verdad para el entendimiento más simple, lo oscurece. El único fin adecuado de las palabras es hacer una reflexión fácil e inteligible perfectamente, y cuando el Espíritu Santo las inspira, son como cristales transparentes, en los cuales el mismo núcleo del pensamiento puede ser conocido.

2. Las palabras cargadas con el Espíritu tienen una calidez y magnetismo inexplicable en ellas. Parecen temblar con una luz celestial; revitalizan la mente; penetran el entendimiento; hay un amor – cualidad en ellas, como el penetrante aroma de especias dulces y aceites aromáticos. Un pedazo de madera de cedro o sándalo dará a luz un dulce y penetrante aroma de cientos de años; así hay una sabor ardiente en las palabras que vienen de metes inflamadas con el amor divino.

A menudo sucede que las personas que carecen de la llama interior del Espíritu Santo tratan de poner sentimiento o unción en sus oraciones, sermones o conversaciones; pero a pesar de todo su esfuerzo, sus palabras son insípidas, leche y agua, frías y sin poder, pues no provienen de un horno interior sino de una figura pintada de fuego, que deslumbra a la vista y congela al oyente.

Solo el Espíritu Santo puede poner en nuestras palabras la sensación cálida y ardiente que enciende otras almas. Nota, cuando alguna persona habla en una reunión bajo el cálido y fundente amor de Jesús, cómo sus palabras golpean la mente como un viento cálido de primavera; nota como la congregación escucha para atrapar cada palabra; cómo el río de fuego evocará una agradable sonrisa, o lágrimas que fluye, o despertará convicción, o un sentimiento de gozo; cada mente en la congregación, que ama la verdad, estará despierta; hay una sensación de calor en la expresión de los ojos de la gente, y si pudieras ver sus intelectos, se parecería a un jardín floreciente en pensamientos brillantes y resplandecientes, y sus afectos fundiéndose en dulzura.

Esas cálidas palabras son disparadas como balas al rojo vivo desde un corazón bautizado en fuego. En comparación con tales palabras, toda la elocuencia humana es como rayos de una fría luna sobre un mar congelado.

3. Las palabras cargadas con el Espíritu Santo tienen una aptitud divina en ellas con respecto al tiempo, lugar y asunto. Dios a menudo hace arreglos para que sus hijos guiados por el Espíritu Santo hablen palabras en circunstancias particulares establecidas, o tiempo particular, y en un particular tono de voz que no están premeditadas por el que habla y que logra eternos resultados. La gente dirá más tarde, “Dijiste una palabra determinada hace años, bajo tales y tales circunstancias, que hicieron un gran cambio en mi vida.”

Hay millones de ejemplos en los cuales las palabras han sido habladas bajo la guía del Espíritu Santo justo en el preciso momento para lograr grandes resultados.

4. Las palabras cargadas son durables; tienen en ellas el elemento de la inmortalidad. Las palabras comunes se deslizan de nosotros por millones; pero ciertas palabras, apropiadas a nuestras necesidades y cargadas con el Espíritu, se entierran en nuestra memoria y permanecen frescas en nosotros por toda la vida.

Si queremos que nuestras oraciones, sermones, testimonios, o palabras escritas, permanezcan en la fecundidad eterna, deben estar en el orden de la voluntad divina y bajo el impulso del Espíritu Santo. Algunas personas tratan deliberadamente de hablar sabia, apropiada y poderosamente. Pero todo es un fracaso.

No puedes hablar palabras cargadas solo tratando; es sólo teniendo los fundamentos mismos de nuestro ser tan fundidos, llenos y unidos con el Espíritu Santo que, sin ninguna premeditación, cada bala perdida e incluso nuestra ordinaria conversación será llena de la santa verdad, así como nuestras oraciones y sermones. El poder debe ser genérico y continuamente fluyendo a través de nosotros desde Cristo que mora en nosotros.

Un predicador que es trivial durante la semana no puede hablar palabras de peso solo el domingo. Dejemos que en la oración secreta se bañe nuestro ser en la brillante y cálida presencia de Jesús de tal modo que cuando salgamos, llevemos inconscientemente en nuestras maneras y palabras esa imitable calidad de vida y durabilidad que puede venir solamente del Eterno.

Si en el pasado, nuestras palabras han fallado en llevar el aroma divino de la gracia, vamos a la fuente y, por la oración perseverante, pongámonos en tal relación con la real fuente de toda santidad que haga que nuestras mismas palabras conduzcan la luz celestial. Nuestro infinito y amoroso Dios utilizará cualquier pequeñez sobre esta tierra como un canal de fuego santo, si se rinde a Su voluntad y a la corriente del Espíritu Santo.

Vía: Charisma Magazine

Acerca de Toto Salcedo

Conductor del Programa "La Verdad" difundido por Xto TV de lunes a viernes a Hrs. 20:00 La Paz, Bolivia.

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