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Estaba decidida. Iba a hacerme un aborto.

Acababa de enterarme, no solo que estaba embarazada, sino que había sido drogada y violada. Había pasado las últimas horas con enfermeras y consejeros. Se me dio el resultado positivo del embarazo y se realizó una ecografía vaginal, donde vi los latidos del corazón de mi bebé. Aun así, estaba incrédula. No había manera de que pudiera asimilar el hecho que había sido violada, y mucho menos, que estaba embarazada. Lo que sí daba por hecho era que no iba a mantener a este bebé dentro de mí.

El consejero y la enfermera cerca, en el centro de recursos de embarazo, me dieron un montón de folletos e información sobre adopción, aborto y paternidad. Me dieron una imagen enmarcada de mi pequeño maní con latidos del corazón. Me dijeron que estaban allí para ayudarme si necesitaba o tenía más preguntas. Oraron conmigo. Aun así, me fui de allí muy disgustada, enfurecida, y con lágrimas corriendo por mi rostro. Esto no podía ser real.

Pasé las siguientes dos horas investigando en el internet, sobre el aborto a las seis semanas de gestación. Sabía que estaba mal, pero no podía continuar con este embarazo. Esperaba que el aborto fuera tan simple como tomar una píldora en la clínica, seguido de un sangrado, y que nunca más tendría que pensar en ello otra vez. Descubrí, sin embargo, no solo que tendría que conducir fuera del estado para tomar esa píldora, sino que me enviarían de regreso y tendría que tomar una segunda pastilla para abortar al bebé en mi casa. Leí, “es mejor no mirar la sangre en el inodoro, una vez que comience a sangrar profusamente.” ¿Realmente podría obligarme a mí misma a tomar esta pastilla y dejar que mi cuerpo se deshiciera de un bebé, para luego simplemente tirarlo por el inodoro?

¿No podría haber otra manera? ¿No podría alguien simplemente golpearme y quitar este bebé, y decirme que todo esto fue un mal sueño? Estaba enferma del estómago, agonizaba sobre esta nueva realidad y los crueles hechos del aborto.

Tuve que reponerme por un momento y me obligué a ir al juego de baloncesto de mi hijo. Me senté allí rodeada por mis cuatro hijos mientras mi otro hijo jugaba. Trataba de contener mis lágrimas y de distraerme de todos los pensamientos que consumían mi mente. “¿Cómo podía decidir amar a estos cinco niños y no a aquel dentro de mi vientre?” Me sentí enferma y decepcionada de mí misma. Sin embargo, estaba decidida. Justo en ese momento, mi hijo anotó el punto ganador del juego. Por un breve momento, me pregunté, “¿qué cosas maravillosas sería capaz de hacer el bebé que tenía adentro?”

Deseché ese pensamiento y salí del gimnasio de la escuela con mis hijos a cuestas. Mi hermana me llamó mientras salía del estacionamiento. Empecé a sollozar. Le pedí que me encontrara en casa. Lo hizo. Apenas pude reponerme lo suficiente para contarle la increíble noticia que acababa de recibir. Le dije que había decidido hacer una cita lo más pronto posible para programar un aborto. Ella dijo que me apoyaba.

Decidimos ir a la casa de mi madre y contarle lo que estaba pasando. Estuve muy nerviosa durante todo el camino. Sabía que esto iba a matarla. ¿Cómo puedo explicar esto a mi mamá? Primero, la noticia devastadora: “Mamá, fui violada.” Luego, “y estoy embarazada…, PERO…, voy a tener un aborto.” Ella no dijo nada por un muy largo tiempo. Simplemente lloraba en silencio. Yo solo repetía, “No puedo tener este bebé. No puedo tener este bebé.”

Finalmente, habló, “Aimee, oremos. El plan de Dios más grande que los nuestros. Él nos ama y nos perdona. Yo amo a todos mis nietos, incluso al pequeño creciendo dentro de ti. Si su plan es que este… (Sollozos)… pequeño precioso bebé vaya directamente al cielo…” No pudo continuar.

Ver la reacción en el rostro de mi madre a todas las noticias que acababa de dejar caer sobre ella, y escucharla decir esas palabras, me destrozaron de una manera que no puedo explicar, y todavía no me he recuperado completamente de ello.

“Solo oremos. Dios te dará paz. Dirigirá tu camino. Te dará paz con la decisión que termines tomando. Pero por ahora, solo oremos por dirección y paz.” Ella continuó con una corta oración. La abracé y me fui.

El viaje a casa fue bastante tranquilo. Le dije a mi hermana que no tenía ningún sentimiento de paz y que, aunque la idea del aborto me devastaba y me enfermaba, todavía estaba decidida. Había planeado llamar a la clínica al día siguiente.

Una vez que estuve en casa, me compuse lo suficiente para estar con mis hijos y llevarlos a la cama. Dije con ellos sus oraciones y les di un beso de buenas noches, lloré y me fui a dormir.

Me desperté a la mañana siguiente, sin sentir todavía ningún sentimiento de paz. Todavía estaba disgustada. Todavía estaba decidida con el aborto, aunque no podía terminar de aceptarlo. Pocos minutos después de despertar, mi amiga estaba frente a mi puerta. Dijo algo como, “Buenos días. ¿Hay café? ¿Todavía no estás lista?” Había olvidado que teníamos planes. Ella iba a ayudarme con un par de trabajos de limpieza ese día. Entró en mi dormitorio para encontrarme llorando desconsoladamente. No podía hablar. “Aimee, ¿qué sucede? ¿Qué pasó? ¿Qué está pasando?,” siguió preguntando.

A través de sollozos, traté de explicar: “Misti, fui violada y estoy embarazada.” Ella comenzó a llorar y me abrazó. No dijo nada. Yo continué, “No voy a tener a este bebé.” Lloré mucho más. Ella todavía no dijo nada. Solo se sentó allí quietamente y acarició mi espalda mientras yo lloraba, por lo que pareció una eternidad.

Finalmente, habló, ¡qué alivio! “Aimee, te conozco. Conozco lo que tus hijos significan para ti. Toda tu vida son esos niños. Este no será diferente. Sé que has tomado una decisión firme. Sé que mi opinión no importa en este momento, pero como tu amiga y conociéndote como te conozco, tengo que decir que, si atraviesas este aborto, nunca serás la misma.” Ella comenzó a sollozar mientras acariciaba mi espalda más fuertemente. Simplemente me quedé allí llorando, con mi cabeza en mi almohada. Llore, “Misti, yo sé eso, pero ¡simplemente no puedo!” Me contestó, “Aimee, nunca serás la misma. Un pedazo enorme de ti morirá junto con tu bebé, y la idea de eso, destroza mi corazón.”

No pude responder. En lugar de eso, por primera vez desde que había recibido las noticias, pensé, tal vez no tenga un aborto. Pensé, tal vez solo necesitaba que alguien me diga que está bien tener y amar a este bebé.

Nos sentamos juntas quietamente por mucho tiempo. Solo absorbía y digería sus palabras y su amor. Le dije, “Misti, tienes razón.” De pronto, lo supe. Supe que la decisión correcta y la paz que venía con ella, por la que mi madre y yo habíamos orado la noche antes, acababan de llegar.

Oré por paz para la decisión que iba a tomar. Dios me envió a mi querida amiga para ayudarme a tomar la decisión correcta y recibir paz con esa decisión. Sentí como si pudiera respirar otra vez. Todavía estaba en estado de shock e incredulidad, pero finalmente estaba comenzando a dejar que las cosas resonaran. Estaba en paz con el hecho de que iba a tener otro bebé. Estaba lejos de estar bien, pero sabía en mi corazón que iba a tener un bebé y que lo amaría.

Un par de horas más tarde, hice la llamada. No era la llamada que había planeado hacer a la clínica de abortos para programar una cita; era la llamada a mi querido obstetra/ginecólogo, para decirle, “¡vamos a tener un bebé!”

Nota de LifeNews: Aimee Kidd es madre de 6 niños, trabajadora independiente, en Casper, Wyoming, y escritora pro-vida para Save The 1.

Vía: http://www.lifenews.com

Acerca de Toto Salcedo

Conductor del Programa "La Verdad" difundido por Xto TV de lunes a viernes a Hrs. 20:00 La Paz, Bolivia.

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