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Dawn Scott Damon

Hojeando una revista de botánica, el invierno pasado, me encontré maravillado con las imágenes de hermosos árboles con flores y plantas exóticas allí. En un momento de pura inspiración, decidí que sería asombroso tener en mi jardín, más que solo un pino desaliñado rodeado por unas pocas virutas de madera desgastada. Impulsado por este ímpetu, esta oleada de entusiasmo me obligó a ordenar el “árbol de flores de jazmín” tan exquisitamente expuesta en la página 5.

Estaba muy entusiasmado. De hecho, no podía esperar a que llegara mi planta.

Semanas después de haber hecho la orden, sin embargo, mi entusiasmo comenzó a menguar. “¿Dónde está mi árbol?”, me preguntaba. “La primavera terminará la semana próxima, ¡y todavía no tengo mi tan premiado paisaje!”

Finalmente, llegó un paquete de California. Mirando fijamente el paquete tan pequeño, decidí que debía ser la factura o tal vez, todos los implementos necesarios para sostener mi nuevo árbol. Al abrir la pequeña caja marrón, inspeccionaba simultáneamente el área que me rodeaba, buscando para ver dónde estaba el resto de mi entrega.

Después de develar cuidadosamente la misteriosa llegada, me quedé inmóvil mirando el cartón poco profundo. Finalmente, con incredulidad y agitación, extraje un pequeño paquete de semillas pequeñas e inexpresivas.

Mi emoción inicial rápidamente se disipó. “Tienen que estar bromeando,” gemí. “¿En realidad esperan que yo plante estas hojuelas muertas?” Simplemente no podía imaginar que tendría que TRABAJAR para obtener este árbol.

De repente llegué a una conclusión aleccionadora: Así es como a mucha gente le gustaría pasar por la vida – esperando resultados sin hacer el trabajo, expectante de una cosecha sin planta las semillas. Desafortunadamente, en el reino de Dios, no es diferente. De hecho, la mayor parte de lo que Dios logra en la tierra hoy, comienza en forma de semilla.

Cuando Dios quiso enviar un libertado para salvar a la humanidad, envió una semilla y la puso en un paquete humano. No es de extrañar que, aquellos que habían esperado tanto la venida del Mesías, estuvieran menos que impresionados al ver un ordinario bebé en lugar de un rey.

Y ¿qué pasa con las enseñanzas de este niño crecido a una estatura completa? Él enseñó que el reino de Dios era como una semilla que, cuando era plantada, crecía gradualmente: “rimero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga” (Marcos 4:28b).

En otras palabras, Jesús nos dijo que, los tratos de Dios siempre implicarían un proceso de maduración. Dios nos da semillas de promesa que deben ser alimentadas y cuidadas hasta que puedan estar tan altas como un roble.

Demasiadas veces nos desanimamos cuando no vemos resultados rápidos de nuestro trabajo. Incluso podemos frustrarnos y ser tentados a detenernos y renunciar. Pero la Palabra de Dios nos ayuda a recordar este principio: Las plantaciones del Señor comienza en forma de semilla.

En tiempos del Antiguo Testamento, cuando Zorobabel estaba reconstruyendo el templo, la gente se reía y se burlaba, comparando el trabajo incipiente con la majestad del edificio original construido por Salomón. Pero a través de un mensajero, el Señor le dijo: “Cuando vean la plomada en las manos de Zorobabel, se alegrarán los que menospreciaron los días de los modestos comienzos.” (Zac. 4:10, NVI)

Ahora mismo, puede que tengas una imagen hermosa en tu corazón de lo que anhelas. Puede que incluso te hayas atrevido a pedirle a Dios por grandes cosas y sentiste Su promesa de éxito.

Pero cuando abriste tus manos para recibir, todo lo que encontraste fueron semillas – pequeñas e inexpresivas concepciones. ¡No te desanimes! Recuerda que las semillas contienen vida y dentro de ellas, la misma esencia de tu promesa. Si las plantas en buena tierra e inviertes de ti mismo en su nutrición y desarrollo, crecerán y florecerán con fruto.

Hoy, escucha al Espíritu Santo susurrarte, “No desprecies estos pequeños comienzos, pues me regocijo al ver el comienzo de la obra.” Planta tu fe, mi amigo, y observe y ve lo que Dios hará.

Oración de poder

Al entrar en el último mes del año, agradece al Señor que cada día es una oportunidad para sembrar y alimentar semillas de fe hacia los sueños que Dios te dio. Fija tu mirada en el cumplimiento de Su plan para ti, y pídele que te guíe paso a paso hasta lograr Sus  metas para tu vida. Abraza el año que viene con anticipación por el futuro y sigue orando por la sanidad de nuestra nación, enfocándote en lo que es importante para el futuro de nuestros hijos. (Gál. 6:9-10; 1 Cor. 15:58)

Vía: Charisma Magazine

Acerca de Toto Salcedo

Conductor del Programa "La Verdad" difundido por Xto TV de lunes a viernes a Hrs. 20:00 La Paz, Bolivia.

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