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Lee Grady

Hace dos semanas fui a un parque temático en Orlando, con mi hijo espiritual, Paul, quien estaba visitándome por mi cumpleaños. Fuimos a SeaWorld, para disfrutar de Manta, una montaña rusa que pone a los participantes boca abajo, mientras los sacude a gran velocidad. Estaba listo para el viaje de mi vida, pero entonces, hice algo realmente, realmente estúpido.

Dejé mi teléfono celular en el bolsillo.

Cuando abordé el juego, ignoré la obvia señal de advertencia, de dejar sus objetos personales en una cesta junto a la pista. Entonces, en algún momento después de hacer un giro en forma de pretzel sobre un lago, me di cuenta que mi teléfono no estaba. Había sido aspirado fuera de mis pantalones por la fuerza de la gravedad.

Toda mi vida pasó frente a mis ojos. Toda mi información personal, asumí, ahora estaba sumergida en un estanque turbio de Florida, lleno de ranas, algas y sandalias perdidas. El adolescente que parecía aburrido de su trabajo de llevar a las personas hasta los asientos, me dijo que, ninguno de los objetos perdidos podía recuperarse, sino hasta que el parque se cerrara esa noche, pero que si me hacía sentir mejor, podía presentar un informe con el Servicio al Cliente.

(Él no sonrió cuando dijo esto; de hecho, detecté una mueca burlona, como si estuviera diciendo, “tonto, nadie jamás ha encontrado su teléfono después de perderlo en Manta.”)

Llené el reporte, y la mujer de Atención al Cliente me recordó que, los trabajadores del parque no revisan las redes de seguridad bajo la montaña rusa, sino hasta las 9:00 pm. No sonrió, tampoco. Tenía el corazón encogido pensando que mi teléfono se había ido para siempre.

Sin embargo, había un atisbo de fe en mi corazón, así que cuando Pablo y yo almorzamos en el parque, oramos para que, de alguna manera (¿un ángel?), pudiera recuperar mi teléfono. Me sentí casi culpable, pidiéndole al Señor que me ayudara, ya que había cometido un error tan tonto al no tenerlo en un lugar seguro. Sin embargo, un verso de la Biblia vino a mi mente, 1 Pedro 5:7: “Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.”

Paul e incluso yo, subimos una vez más a Manta solo para ver si podía detectar mi teléfono, pero fue inútil. Encontrar una aguja en un pajar, no es algo que haces mientras surcas el espacio a una velocidad tan alta. Nos dimos por vencidos y nos fuimos a casa. Pensé en llamar al parque al día siguiente por el reporte.

Luego, a las 8:30 pm., el teléfono sonó en casa. Era un muchacho llamado Ray, un muchacho al azar que había estado en SeaWorld ese día, junto con miles de otros turistas. Dijo que vio un teléfono celular en una red que colgaba sobre su cabeza, cerca de Manta, y él y su amigo se treparon y lo recuperaron. Usó Siri para llamar al último número que se había llamado, y finalmente averiguó cómo contactarme.

Mi teléfono, dijo, estaba esperando en Servicio al Cliente. Cuando llegué a SeaWorld para recogerlo, la mujer en el mostrador sonrió. Parecía saber que acababa de presenciar un pequeño milagro.

Comparto esta historia porque muchos de ustedes que saben que Dios se preocupa por las grandes cosas en nuestras vidas, no esperan que nos ayude con las pequeñas. A veces me siento tentado a pensar que es egoísta “molestar” a Dios con asuntos triviales como teléfonos perdidos – como si Él solo pudiera responder situaciones de vida o muerte.

Si encuentras difícil creer que Dios se preocupe por los detalles “insignificantes” de tu vida, considera Mateo 10:30, donde Jesús dice: “Y hasta los cabellos de vuestra cabeza están contados.” ¿Has considerado las implicaciones de esto?

Si eres un hijo de Dios, Él no solo sabe tu nombre sino también conoce todas las estadísticas al respecto, empezando del número de cabellos en tu cabeza. Él sabe cuánto tienes en tu cuenta bancaria. Conoce tus deudas. Sabe de tu próximo examen en la escuela y tu fecha límite para presentar el siguiente proyecto en el trabajo. Él está contigo cuando tienes una llanta pinchada, una batería muerta o una mascota perdida.

Dios está en los detalles. Aunque Él es grande, majestuoso y santo en supremacía, también está intensamente presente en nuestra existencia mundanal. La religión sin vida dice que Dios está demasiado ocupado por el cielo, juzgando naciones, como para preocuparse por pequeñeces; sin embargo, Jesús contó una parábola acerca de un hombre que encontró a su oveja perdida, y una mujer que encontró su moneda perdida (Lucas 15:1-10).

No dejes que la religión muerta te robe el gozo de saber que Dios se preocupa por cada aspecto de tu vida. Invítalo a estar presente en las grandes y las pequeñas cosas. Su promesa es: “Haré todo lo que pidan en Mi nombre” (Juan 14:13). Él no es escaso con Su bondad. No es un Dios de limitaciones. Espera ser sorprendido por Su extravagante amor.

Vía: Charisma Magazine

Acerca de Toto Salcedo

Conductor del Programa "La Verdad" difundido por Xto TV de lunes a viernes a Hrs. 20:00 La Paz, Bolivia.

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