Matrimonio - Feliz

Teresa Shields Parker

No hay mayor gozo para mí que quedarme dormida en los brazos de mi esposo. He estado casada por 37 años, y tengo 61. Sin embargo, siento que apenas he aprendido en los últimos años, cómo amar íntimamente a alguien.

Siempre he estado enamorada de mi esposo, pero nunca realmente sentí el nivel de intimidad con él como ahora. ¿Perder 117 Kg hizo la diferencia?

Sólo perder peso físicamente no es la clave para mayor intimidad. La clave verdadera para mí, fue perder las toneladas de carga emocional que llevaba.

Ya sea la carga que vino como resultado del peso, o como causa del problema de peso, realmente no es importante. Desechar fue lo que me hizo libre realmente para unirme a mi esposo.

Como mujer que antes tuvo obesidad súper-mórbida, me veía a mí misma mucho menos que la mujer ideal, especialmente en el área de la sexualidad. Es un momento cuando de repente uno se ve descubierto, expuesto, abierto, transparente. No hay nada oculto.

Para muchas mujeres, especialmente aquellas que tienen algún tipo de problema de peso, el mensaje “flaco es mejor,” juega constantemente en nuestra mente. Ese un mensaje reforzado por las novelas románticas, películas, programas de televisión, y casi toda forma de publicidad comercial.

Muchas mujeres han interiorizado esto, ya sea si son de peso normal o con obesidad mórbida. Simplemente no nos sentimos dignas del amor de nadie. No podemos creer que alguien pudiera realmente amarnos si no nos vemos perfectas. Por supuesto, nadie, ni siquiera las modelos, son perfectas. Aun así, nos avergonzamos de nuestro cuerpo y sentimos que nuestro esposo, o cualquier otro hombre, también deben avergonzarse.

Estuve consciente de la realidad de cómo esto jugaba en mi propia vida, durante una entrevista reciente.

He sido entrevistada en numerosas ocasiones en el último año, acerca de mi libro, Sweet Grace (Dulce Gracia), y mi pérdida de peso. Arthelene Rippy, presentadora del programa Homekeepers de CTN, me hizo una pregunta en la grabación de su programa, el pasado mes de julio. La pregunta me pilló con la guardia baja. Me preguntó si mi aumento de peso afectó mi matrimonio.

Sin perder el ritmo de la conversación, mi respuesta brotó del corazón. “Tengo el esposo más maravilloso del mundo. Me ha amado sin importar, y es muy consistente en esto, sin importar cuanto pesaba. Mi peso no afectó  mi matrimonio en gran medida, pero sí me afectó a mí, cómo me relacioné conmigo misma, cómo me entregaba al matrimonio y cómo recibía amor. Parte de este problema (obesidad) es ser capaz de aceptar el amor consistente de alguien más en tu vida.”

Una vez que esas palabras salieron de mi boca, comencé a ver cuán reales eran.

Cuando nos casamos, hubo una vez que mi esposo me dijo, “Me encanta la forma en que te ves, pero por favor, no subas más de peso.” Lo recibí como un golpe. Estoy segura que él lo dijo como un cumplido. Ni siquiera recuerda habérmelo dicho.

Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que pensaba lo peor ante cualquier comentario, debería haber sabido que tenía un monumental problema, y no era mi peso. Era mi extremadamente baja auto estima y el sentimiento de que no era digna de ser amada.

Desde el primer día de casados, mi esposo ha sido el epítome de compromiso, lealtad, trabajo duro, paz, cuidado y amor.

Sin embargo, por años, sin importar cuánto trataba de demostrarme que me amaba a través de su consistencia, no podía aceptar que realmente me amara. Fabricaba razones para creer que no lo hacía.

Tomaba mal algo que él decía, o fuera de contexto. Podía ser algo simple, dicho como una observación. Lo tomaba mal y lloraba por horas.

Levanté paredes emocionales. Tenía miedo confiar. Tenía miedo que solo esté diciendo que me amaba, pero que de un día a otro, todo se desmorone, y me diera cuenta que no era verdad.

Siempre, la culpa y la vergüenza por mi peso, se cernía sobre mí como una nube negra.

¿Cómo él podía soportar tocarme cuando yo ni siquiera quería mirarme? Y así, lo evitaba, poniendo excusas. Años más tarde, mi ginecólogo me dio una valiosa información. “Tu esposo es como todos los hombres. Necesitamos saber que estamos haciendo felices a nuestras esposas. Necesitamos saber que somos suficientes.”

La verdad es que, todos necesitamos saber que somos suficientes. Necesitamos saber, como hijos de Dios, que somos amados, apreciados y aceptados como somos.

La intimidad se trata tanto de amarte a ti mismo, como de amar a la otra persona.

Jesús nos dio esta verdad en el Gran Mandamiento. “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” El segundo es igualmente importante: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Ningún otro mandamiento es más importante que estos. (Marcos 12:30-31, NTV)

No puedo verdaderamente amar a otra persona hasta que ame a Dios y a mí misma. ¿Cómo puedo amar a Dios con todo lo que hay en mí si no me amo? ¿Cómo puedo unirme a mi esposo si siento que no soy digna de estar con él?

Esta cuestión se trata de nuestra esencia. Nos detenemos en las apariencias y no miramos más allá.

Dios no mira la apariencia exterior, sino el corazón. Si el enfoque de Dios está en nuestro corazón, ¿no debería ser el nuestra también?

En esencia, mi apariencia externa no reflejaba cómo me sentía con respecto a mí misma. No estaba segura de cuánto valdría la pena la energía que tomaría recuperar mi salud. Cuando cambié esa mentalidad negativa a una positiva, las cosas comenzaron a cambiar por dentro, y se extendió afuera de mí.

Tener esta clase de cambios, tanto interno como externo, me ayudó finalmente a avanzar a una verdadera intimidad con mi esposo. Eso significó arriesgarme, revelando mis deseos y necesidades. No sabía en ese momento, pero mi vulnerabilidad emocional sentó las bases para la verdadera y creciente intimidad.

En el pasado, si mi esposo tenía un día largo de trabajo y estaba cansado, iba a la cama, apagaba la luz, se daba la vuelta y comenzaba a roncar, yo lo tomaba como un rechazo hacia mí. Se establecía un ciclo de pensamientos que yo era inadecuada debido a mi peso, lo cual escalaría en mí, haciendo un inventario de todas mi insuficiencias.

¡Espera! ¿No podría ser algo tan simple como que realmente estaba cansado?

Hemos recorrido un largo camino desde entonces hasta el punto de revelar nuestros deseos y necesidades, el uno al otro.

Compartimos el simple hecho de que ha sido un día largo, pero mañana podemos comenzar temprano. Sabemos, realmente sabemos, que nuestro amor es un compromiso que ambos abrazamos completamente. Estamos más unidos por una comunicación honesta y una total aceptación.

El sexo es un acto que cualquier adulto puede tener. La intimidad es una categoría totalmente diferente. La intimidad combina el acto emocional y espiritual de amor, con el físico, llevando todo a un nivel enteramente nuevo. No se trata de un “acto.” Se trata de una relación.

He estado felizmente casada por 37 años, pero he estado enormemente satisfecha por los últimos cinco años. Sí, parte de esto es que finalmente rendía mi adicción a la comida a Dios, y comencé una vida sana.

Dejé de tratar de ser perfecta, y finalmente comencé a sentirme cómoda en mi propia piel. Es tan cierto que el amor es ciego, al menos en el aspecto físico. El amor, sin embargo, no es ciego para las barreras emocionales que nos mantienen a distancia de nuestra pareja. Ellos lo saben. Lo sienten.

No es en ellos, sin embargo; siempre nos enfocamos allí primero. Y no es en nuestro exterior, aunque es el siguiente lugar al que miramos.

Está dentro de nosotros, tal vez enterrado tan profundamente que tenemos miedo buscarlo.

Las paredes que yo levanté para protegerme, en parte fue debido a algunas experiencias negativas con los hombres y muchachos en mi infancia. Cuando le entregué esas excusas a Dios, Él me dio en respuesta, Su gozo. Y las paredes se derrumbaron.

Los muros no pueden permanecer frente al gozo. Simplemente no es posible.

La verdad me golpeó fuertemente: Mi esposo siempre me ha amado. Si algo ocurriera mañana y nuestra relación terminaría, yo habría hecho lo mejor por amarlo a plenitud, haberle dado acceso a cada parte mía escondida, especialmente aquellas partes emocionalmente difíciles. Fue esta conciencia que se convirtió en las bases para una apertura, honestidad y conexión más profunda.

Comencé con mucho temor, con el corazón en la mano, sintiéndome muy muy frágil, y demasiado revelada. Él respondió con cuidado y amor, de manera que envió nuestra relación a nuevos niveles.

¿Habría ocurrido esto si no hubiera perdido peso? Probablemente no. Las barreras emocionales y el ganar peso, estaban entrelazados, tanto que era difícil decir donde comenzaba uno y donde terminaba el otro. La realidad es que, cuando estuve dispuesta a remover la coraza de vergüenza, culpabilidad, ira y frustración, y rechacé la mentira de que Dios no me amaba, cualquier temor a la intimidad se esfumó.

Sé que soy amada, pero más que eso, sé que soy digna de ser amada.

Cuando estaba escribiendo Dulce Gracia, le pregunté a mi esposo ¿qué había cambiado desde que perdí peso? Él respondió, “Puedo estar más cerca de ti – física, emocional y espiritualmente.” Me encantó esa respuesta.

Estaba escuchando una sesión de sanidad interior, donde el líder le preguntó a la mujer cómo se sentía después de entregarle algunas cosas a Dios. Ella dijo, “Me siento mucho más ligera. Siento como si hubiera perdido cientos de kilos de peso.”

He perdido 117 kg de peso físico y toneladas de carga emocional. He ganado la verdadera intimidad.

Pido que milagros similares te ocurran, cuando comiences a amarte a ti misma como Dios te ama.

Vía: Charisma Magazine

Acerca de Toto Salcedo

Comunicador Radio-TV RR.SS Libro: Revolucion desde adentro Pastor EKKLESIA

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